martes 15 de junio de 2010

EL CONFLICTO DE AFGANISTÁN (Entrega I de III)

Defensa.com, España, 14Jun10

Por J. M. Peñaranda
In memoriam de los 87 militares españoles que dieron su vida por España en aras de la libertad del pueblo afgano.



Para hablar del conflicto de Afganistán, hay que conocer este país montañoso y desértico, la diversidad de sus gentes pashtunes, tayikos, hazaras, uzbecos, etc., y su agitada historia reciente, en la que se acumulan 30 años de guerra ininterrumpida. Pero no siempre fue así. Desde 1929 hasta 1973 era una monarquía y uno de los países más pacíficos de Asia. Pero este último año el rey Mohamed Zahir fue depuesto por Mohamed Daud, que sería asesinado en 1978 tras un golpe comunista liderado por el filo marxista Mohamed Tariki que moriría asesinado a su vez un año después. A partir de ese momento sus secas tierras verían tres sangrientas guerras. Primero, la invasión de la URSS, de 1979 a 1989; año en que los guerrilleros mujahidenes consiguieron que las tropas soviéticas abandonaran Afganistán, pero la resistencia popular siguió luchando contra el régimen comunista establecido hasta la caída en 1992 del presidente Mohamed Najibullah.
Tras un corto período no exento de conflictos internas, los talibanes (estudiantes religiosos islámicos) se hicieron con el poder al conquistar Kabul en septiembre de 1996 y ajusticiar al ex presidente Najibullah, imponiendo una dictadura radical islámica. En el año 2001 moriría asesinando el general Massud, el León de Pandjchir, líder de la opositora Liga del Norte, y tan sólo unos meses después, tras los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, que destruyeron las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York, se iniciarían los ataques aéreos norteamericanos al amparo de la Resolución 1368 del Consejo de Seguridad de la ONU, en octubre de 2001, para forzar al régimen talibán a que entregase al líder de Al Qaida, Osama Bin Laden, marcando la tercera y última guerra, que conseguiría inicialmente derrocarles el 6 de diciembre de ese año, pero no su resistencia, que en forma de insurgencia, dura hasta nuestros días.
En el año 2003, incapaces las fuerzas armadas norteamericanas de mantener dos guerras a la vez en Irak y Afganistán, traspasaron el conflicto de ésta última nación a la OTAN, que a partir de ese momento asumiría la difícil tarea de pacificar los 652.225 km2. del territorio afgano, superficie superior en un 25 por ciento a la de España, pero con una orografía mucho mas complicada, ya que del desierto de las provincias de Kandahar y Helmand en el Sur, pasamos a las cumbres de más de 3.000 m. de altura de la cordillera del Hindú Kush, al Norte de la capital, Kabul. De ahí el carácter duro y sufrido de los afganos, considerados unos excelentes guerreros, que mantienen orgullosos el sentimiento de independencia, siendo su país considerado como el cementerio de los imperios, al no haber sido sometido nunca por ningún invasor, pulverizando al poderoso Ejército británico en el siglo XIX (invasiones de 1838-42 y 1878-80) y doblegando al soviético en el XX (1979-89).

La situación actual
Desde los ataques aéreos norteamericanos, iniciados el 7 de octubre de 2001, hasta nuestros días, importantes cambios han ocurrido en Afganistán en todos los ámbitos: militar, político, social, económico etc. De entrada, el régimen de los talibanes del Mullah Omar fue derrocado y se estableció un Gobierno provisional, a cuyo frente fue colocado Hamid Karzai, un pashtún de Kandahar educado en los EEUU y respaldado por el presidente Bush, que ganó democráticamente las elecciones en el año 2004 y que tiene bastantes posibilidades de repetir su éxito en las urnas el próximo 20 de agosto. Su Gobierno se ha mostrado ineficaz para sacar el país adelante, la tasa de corrupción escapa de la imaginación occidental, pues hay que destacar que el propio hermano de Karzai está bajo sospecha de ser uno de los mayores capos de la droga en la provincia de Kandahar, aunque, afortunadamente, el recientemente elegido ministro del Interior, Hanif Atmar, aparece como un rayo de luz en mitad de la oscuridad, dispuesto a sanear a la policía, que en número de 80.000 efectivos constituye uno de los pilares de la reconstrucción de Afganistán.
En el ámbito militar, el ministro de Defensa, Abdul Rahim Wardak, antiguo jefe del Estado Mayor del Ejército, que tuvo que huir cuando la invasión rusa, tiene ante sí la ingente tarea de conseguir un ejército operativo de 134.000 hombres formado por todas la etnias existentes, para tener un sentido de nación, pero se encuentra con el terrible inconveniente de que la mayoría de sus soldados no sabe leer, ni menos aún escribir. En el ámbito social, una vez erradicado parcialmente el radicalismo talibán, la religión islámica sigue teniendo una gran importancia, si bien ya se permite que unos tres millones de niñas puedan asistir a la escuela y luego ampliar sus estudios en la universidad. Todavía es frecuente ver a las mujeres casadas cuando se desplazan fuera de sus casas ataviadas con el típico e inhumano burka.
En el ámbito económico las cosas no pueden ir peor. Antes de la invasión rusa, Afganistán era un país que atraía turistas, pues su geografía, aunque dura, es bellísima, con ciudades exóticas que, como Herat, se encontraban en la Ruta de la Seda; la propia capital, Kabul, con sus mercados ubicados en estrechas y tortuosas callejuelas de sus barrios más antiguos y sus abigarradas multitudes, con sus peculiares vestimentas, constituyen todo un espectáculo. Desgraciadamente, el turismo es cobarde y si no hay seguridad no viaja, por lo que se pierde una fuente importante de ingresos, que queda compensado por el exponencial incremento del cultivo del opio, que ha pasado de 9.000 hectáreas en el año 2001 a 196.000 en 2008, con unos ingresos anuales que superan los 4.000 millones de euros, convirtiéndose en la principal entrada de divisas. Cultivos tradicionales, como el trigo, maíz, arroz, etc., fueron abandonados tras ser derrocado el régimen talibán, que penaba con la muerte el tráfico de drogas, para pasarse al mucho más rentable cultivo del opio, pues mientras 1 kg. de trigo se pagaba a 50 céntimos, el de opio se cotizaba a 60 euros, ante la mirada indiferente de los nuevos señores de la guerra. La crisis económica actual y las malas cosechas del último año han elevado de nuevo el precio de los alimentos y el exceso de producción de droga ha bajado su cotización en los mercados internacionales, por lo que parte del campesinado ha vuelto al cultivo del grano, menos problemático y que proporciona un alimento seguro a las familias.
Próxima entrega el 22Jun10