GESYP
Real Instituto Elcano
Pilar Pozo Serrano
DT 17/2010 – 26May10
Índice
Introducción
Las realidades de Pakistán: fragmentación interna y conflictivas relaciones de vecindad
La falta de cohesión interna y la debilidad de las instituciones de gobierno
La promoción de una identidad islámica como factor de cohesión interna y como instrumento de política exterior
El nuevo contexto estratégico tras los atentados del 11 de septiembre de 2001
Las turbulentas relaciones entre Estados Unidos y Pakistán
La forzada alianza en la “guerra contra el terrorismo”
Repercusiones en Pakistán: el nacimiento de una insurgencia yihadista interna
La reacción de Pakistán ante las insurgencias yihadistas internas: las operaciones militares en las FATA y en la Provincia de la Frontera Noroeste
La Operación Sherdil (Corazón de león) en Bajaur (agosto 2008-marzo 2009): la lucha contra la institucionalización del gobierno talibán en las FATA
La operación Rah-e-Rast (Camino de rectitud) en Swat (abril-junio 2009): una ofensiva militar para contener la expansión talibán hacia el Este
Operación Rah-e-Nijat (camino de salvación): la ofensiva militar contra la insurgencia talibán antigubernamental en Waziristán Sur
La estrategia de Estados Unidos para estabilizar Afganistán y los nuevos dilemas de Pakistán
El difícil consenso sobre los talibán reconciliables y no reconciliables
¿La ampliación de la ofensiva a Waziristán Norte?
Consideraciones finales
Bibliografía
¿La ampliación de la ofensiva a Waziristán Norte?Desde la adopción de la nueva estrategia y de la celebración de la Conferencia de Londres sobre Afganistán, en enero de 2010, EEUU ha intensificado sus presiones para que Pakistán amplíe su ofensiva militar a Waziristán Norte.
Esta agencia tribal posee particular interés estratégico para el desarrollo de la contienda afgana. Constituye la sede principal de la familia Haqqani en Pakistán,[24] y también acoge a algunos líderes de al-Qaeda y del TTP que han huido de la ofensiva de Waziristán Sur.[25] La facción de los Haqqani constituye la mayor estructura regional talibán bajo el liderazgo del Mulah Omar, que ejerce su control en el este de Afganistán. La familia Haqqani constituía una de las fuerzas más poderosas de la zona, ya antes de que los talibán iniciaran su ascenso al poder. También son anteriores sus vínculos con al-Qaeda y otros yihadistas extranjeros. Se integraron bajo la dirección del Mullah Omar cuando los talibán se establecieron como gobierno de Afganistán, aunque disfrutando de un amplio margen de autonomía (Stratfor, 2010d).
Razones de diferente naturaleza han llevado al ejército de Pakistán a descartar una nueva ofensiva militar, al menos durante los próximos seis a doce meses. Por un lado, y es una razón que el comandante en jefe del ejército paquistaní, General Kayani, ha explicado con particular énfasis, porque las capacidades del ejército se encuentran comprometidas al máximo como consecuencia de las operaciones en curso. Pakistán no puede iniciar un nuevo despliegue militar antes de haber concluido los esfuerzos de estabilización en Bajaur, Swat y Waziristán sur, sin olvidar la necesidad de atención permanente a la fuente de tensión que representa la frontera con la India. Actualmente, el Ejército cuenta con unos 140.000 efectivos en la Provincia de la Frontera Noroeste y en las FATA. En su conjunto, las operaciones militares desarrolladas en las mismas han comportado el traslado de unos 100.000 efectivos anteriormente emplazados en la frontera con la India (United States Department of Defense, 2010, p. 33 y 80). Se trata de un despliegue militar sin precedentes, un esfuerzo para el ejército que pone de manifiesto la percepción del peligro que la insurgencia interna representa.
Por otro lado, aunque algunos líderes de al-Qaeda y del TPP se hayan refugiado en la región, los grupos insurgentes establecidos en Waziristán Norte –tanto los talibán afganos como los paquistaníes– no son hostiles hacia Pakistán. Parece existir un entendimiento tácito en el sentido de que el ejército no iniciará una ofensiva contra ellos, si no interfieren en su operación contra la tribu Mehsud en Waziristán Sur. La operación militar que pretende EEUU podría tener el efecto unir al conjunto de los talibán afganos y pakistaníes en un frente común contra Pakistán (Masood, 2010). Islamabad, además, no tiene interés en enemistarte con grupos insurgentes con los que podría verse abocado a negociar tras la retirada de las tropas estadounidenses y de la OTAN. En particular, aunque mantienen una estrecha vinculación con al-Qaeda, los vínculos del ejército y los servicios de inteligencia de Pakistán con Jalaluddin y Siraj Haqqani, son uno de los cauce fundamentales para recuperar la influencia perdida en Afganistán: sea como precio a pagar en las negociaciones, o como un instrumento para asegurarse un papel relevante en la posguerra afgana.
[26]Razones adicionales parecen reforzar a Pakistán en su postura. Cuando Washington sigue debatiendo los principios aplicables a las negociaciones sobre Afganistán, y ante la perspectiva de una salida de las tropas estadounidenses en un plazo relativamente corto, en la que cobran nueva relevancia los demás actores regionales –especialmente India, Irán y Arabia Saudí– el nivel de incertidumbre es excesivamente elevado para que Pakistán adopte un curso de acción tan arriesgado. Desde esta perspectiva, resulta lógico que prefiera conservar todas sus opciones y esperar a ver cómo evoluciona la situación militar y los efectos de la nueva estrategia de EEUU.
La preocupante evolución de la situación en Waziristán Norte podría modificar los planteamientos expuestos. La afluencia de diferentes grupos talibán, algunos de los cuales integran combatientes extranjeros –chechenos, árabes y uzbecos entre otras nacionalidades–, se ha traducido en un incremento de ataques dirigidos contra instalaciones y personal de las fuerzas armadas en Waziristán Norte (Dawn, 28/IV/2010). Algunos analistas han señalado que un incremento en la frecuencia de los ataques podrían provocar una reacción por parte del ejército, y algún medio de comunicación se refiere a declaraciones oficiosas de militares paquistaníes proclives a la intervención, aunque descartando una ofensiva frontal (The New York Times, 29/IV/2010).
Consideraciones finalesLas ofensivas militares en Bajaur, Swat y Waziristán constituyen la reacción del gobierno y ejército paquistaníes ante los grupos yihadistas que habían pasado a constituir una amenaza directa para el Estado. La resolución e intensidad de las operaciones militares, más que un genuino cambio de postura ante las insurgencias yihadistas, era reflejo de una lucha por la supervivencia. Para garantizarse el éxito, el ejército evitó una confrontación general y concluyó acuerdos de neutralidad con algunos grupos para mantener sus facciones al margen de la campaña. Esta estrategia de fragmentación (divide y vencerás) es bien conocida por las milicias locales, pues ha sido practicada por los gobiernos que han intentado pacificar esta región a lo largo de diferentes momentos históricos (Syed, 2009, p. 8). Para algunos analistas se trata de una estrategia más efectiva que el intento de imponer una presencia militar en el conjunto de la región (Sulaiman, 2008).
Pakistán, por lo tanto, no estaba renunciando a servirse de los grupos yihadistas bajo su control como instrumentos de su política exterior, primordialmente con Afganistán y la India. Los talibán afganos, en particular, representaban una valiosa baza en su aspiración de ver instalado en Kabul un gobierno aliado, libre de la influencia india.
Al mismo, tiempo, la traumática experiencia que para Pakistán está suponiendo la confrontación con sus insurgencias internas podría facilitar un cambio de enfoque. Luchar contra los talibán paquistaníes mientras se respalda a los talibán afganos no deja de ser una política incoherente y probablemente contraproducente. A medio plazo, los vínculos de al-Qaeda con algunas de las facciones mantenidas al margen de la ofensiva –los talibán etiquetados como “buenos”– podrían determinar un cambio en las lealtades, con las consecuencias que el gobierno paquistaní ya ha experimentado con grupos inicialmente bajo su control.
El general Kayani ha afirmado recientemente que la talibanización de Afganistán no resulta conveniente para los intereses de Pakistán (Reuters, 18/II/2010). Queda por ver si es pura retórica o si refleja el principio de un cambio en la postura oficial, que apoyaría una significativa presencia talibán en el gobierno de Kabul pero no un Afganistán bajo dominio talibán absoluto, y potencialmente desestabilizador de las áreas tribales. Si se trata de un cambio incipiente, su pleno desarrollo exigirá superar dos realidades: el profundo arraigo de una postura pro-talibán en algunos elementos de las instituciones estatales –consecuencia de largos años de colaboración– y la anómala situación de las áreas tribales, que las hace más susceptibles de radicalización.
La fluidez de la situación actual invita a no a extraer conclusiones de amplio alcance y, sobre todo, a seguir de cerca la evolución los acontecimientos a lo largo del presente año, que podría resultar determinante para la transformación del paisaje político regional.
NOTAS AL PIE[26] De hecho, un sector de la Administración estadounidense es partidario de permitir que Pakistán conserve a los Haqqani como parte de su área de influencia en Afganistán sur, con la condición de que los fuerce a romper sus vínculos con al-Qaeda y a expulsar de su territorio a los miembros de la organización terrorista (The New York Times, 10/II/2010).
Pilar Pozo Serrano
Profesora titular de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales, Universidad de Valencia
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